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DESPUÉS DE LOS RÉCORDS SOSPECHADOS EN LOS JUEGOS DE PEKÍN, EL DEBATE

¿Y si el doping fuera libre?

Antes de los últimos Juegos de Pekín, el máximo responsable del Comité Olímpico Internacional vaticinó que se romperían récords de casos de doping descubiertos. Sin necesidad de esa profecía, medio mundo desconfía muy especialmente de las performances de los nadadores, particularmente de Michael Phelps. El filósofo argentino Claudio Tamburrini –ex arquero de Almagro– propuso liberar el doping y derribar en cadena una larga serie de hipocresías.

Alejandro Wall
02.09.2008

El éxito gritado con toda la furia. La garrochista Isinbayéva, que superó 24 veces su propia marca, ya dijo que quiere más. De Phelps, más allá de sus dotes extraordinarias, se habla con suspicacia. El pesista ucraniano Ygor Razonorov fue expulsado por doping.

“El Comité Olímpico exige que los deportistas que ganen medallas en Beijing compartan el podio con los médicos que los dopan.”

                                                                                Revista Barcelona


Existe desde que existe el deporte. Dicen que hasta Homero, hace 2.900 años, relató cómo los atletas se daban con unos hongos tirando a curiosos. Sucedió mucho antes de Cristo y ahora mismo, después de Pekín, no creemos que Usain Bolt haya sido el viento gracias a las patitas de pollo que devoró en Jamaica, ni que Michael Phelps haya triturado récords por haberse rasurado hasta los pelos más escondidos. Nadie les quita el mérito: son grandiosos, humanos privilegiados, entrenados magníficamente. Pero todos sospechamos de todos, siempre sospechamos.

¿Sucedería lo mismo si el doping se liberara?

Juan Gelman se preguntó, bellamente poético, ¿y si Dios fuera mujer? Menos pretenciosos, más deportivos, nos preguntamos: ¿y si el doping fuera libre? ¿Acaso los atletas correrían a las farmacias para inyectarse lo que venga? ¿Significaría legalizar la trampa? Una trampa, si se legaliza, ¿no deja de ser una trampa? Y los que se nieguen a doparse, ¿qué harían? ¿Se organizarían carreras de dopados y no dopados? ¿Sería algo así: natación, 100 metros libre con doping; natación, 100 metros libre sin doping? ¿El deporte dejaría de ser un ámbito puro? ¿Es puro el deporte?

Para los defensores de la despenalización, liberar el doping sería, ni más ni menos, una medida en favor de la libertad individual: quitarles a las federaciones el control estatal que aplican sobre los cuerpos. Y que cada deportista haga lo que quiera: que compitan a conciencia, que ya son grandes. Parece un sueño anarquista, libertario, antiestatal. Como las militantes por el aborto libre, los deportistas deberían gritar: “¡Mi cuerpo es mío!”.

FILOSOFÍA DESDE EL ARCO. Hace algunos años, quien mejor planteó estas preguntas fue el ex arquero y filósofo argentino, residente en Suecia, Claudio Tamburrini. Su libro La mano de Dios, una mirada distinta del deporte, incluye un capítulo que arranca como una trompada en la mandíbula: “¿Qué tiene de malo el dopaje?”.

Tamburrini, ex guardavallas de Almagro, protagonista de la fuga del centro clandestino Mansión Seré durante la última dictadura militar, actualmente trabaja en el Centro de Bioética de Estocolmo. Su idea se basa en el principio antipaternalista de John Stuart Mill acerca de que ningún poder estatal puede limitar la libertad individual si no es en protección de terceros: “La prohibición priva a los atletas de su justo derecho a decidir por sí mismos los riesgos que están dispuestos a correr en el ejercicio de sus profesiones”. Además, dice, le niega a la competencia “la transparencia que tanto necesita”. O sea, el fin de las sospechas.

“Sabemos por encima de toda duda razonable –dice Tamburrrini en el libro–, que Ben Johnson y Diego Maradona se dopaban. Pero la sospecha que recayó sobre la desaparecida Florence Griffith-Joyner nunca pudo ser confirmada.”

Rebobinemos. 1988: Florence Griffith-Joyner, Flo-Jo, velocista estadounidense, impuso durante los Juegos Olímpicos de Seúl dos marcas, en los 100 y 200 metros, todavía insuperadas. Diez años después, murió de un ataque cardíaco repentino. “Su muerte reabre una discusión inevitable sobre las consecuencias del consumo de esteroides anabolizantes”, se atrevió a decir el brasileño Eduardo De Rose, especialista en control antidopaje.

Si fueron las drogas, como siempre se sospechó, ¿se hubiera evitado esa muerte con doping libre?

–El dopaje bajo control médico, combinado con la labor investigativa de prevención, podría tal vez reducir los efectos dañinos a niveles socialmente aceptables –dice Tamburrini.

DATOS DESDE EL LABORATORIO. Durante diez años, Carlos D’Angelo dirigió el laboratorio de control de doping de la Secretaría de Deportes, además de coordinar el área de prevención. Hoy es miembro del Consejo Científico Asesor del Sedronar. No tan liberador como Tamburrini, pero en la misma línea, D’Angelo se opone a la penalización.

–Hay que buscar otras alternativas. En primer lugar, con programas serios de prevención, con metodologías modernas, de características especiales, que deben ser permanentes, inespecíficos, participativos de la comunidad deportiva, y no vinculados a asustar con la droga, porque el temor no es preventor. Y por otro lado, con acciones terapéuticas para los deportistas que consumen sustancias prohibidas.

Eso es, de algún modo, tratar la cuestión del doping de un modo similar al de las denominadas drogas sociales. Porque, según D’Angelo, el consumo de sustancias para la competencia deportiva tiene una gran vinculación con lo adictivo.

–Casi el 20% de las muestras positivas en los treinta y pico de laboratorios reconocidos por la Agencia Mundial Antidopaje, la WADA, son de marihuana. El 30 o 40% son sustancias anabólicas, también adictivas. Ante eso, lo peor que podemos hacer es marginar. Hoy, un deportista dopado no puede entrar a un estadio, ni a una olimpíada, ni entrenarse con sus compañeros. Sufre una segregación social monstruosa, un castigo social que excede en mucho la magnitud de la transgresión.

En los Juegos Olímpicos de Pekín se detectaron (hasta ahora, porque se anunciaron muchos más casos) seis casos positivos sobre casi 5.000 controles. Si se la compara con los 25 atletas que cayeron en Atenas, la cifra es irrisoria. Pero los controles son cada vez menos confiables. Un grupo de científicos daneses los dejó al desnudo: envió a los laboratorios de la WADA muestras de 48 personas que habían sido inyectadas con eritropoyetina (Epo), una hormona que facilita el aumento de los glóbulos rojos. Sólo dos de ellas dieron positivo.

Para Osvaldo Arsenio, ex entrenador de natación, docente y director nacional técnico deportivo de la Secretaría de Deportes, “con los niveles de tecnología accesibles que hay, insistir con las sospechas sería instalar una sospecha porque sí”. Su ejemplo es Phelps: “Tuvo 40 controles hasta su séptima medalla, dio en todos negativos”.

En el libro Cómo se forma un atleta, Arsenio le dedica un capítulo al doping en el que expone el cuadro de situación: muchas veces, la presión para que los atletas consuman sustancias empieza por casa. Arsenio cuenta que los mismos padres de sus entrenados se acercaban a preguntarle si no había alguna cosita que hiciera que el nene nadara más rápido.

–Hay chicos y chicas que seguramente pueden ser la potencial solución del problema de una familia. Entonces, qué no haría esa familia por mantener ese incipiente estatus –dice.

Arsenio cree que la propuesta de Tamburrini “es interesante, pero impracticable, porque ninguno de los organismos del deporte internacional accedería a una iniciativa de ese tipo. Habría que descartarlo como irreal o imposible. Sería como suponer que mañana, por el pedido de algún filósofo, se terminará el capitalismo y Bush decretará una condonación de la deuda de los países del Tercer Mundo”.

¿Y SI SUCEDIERA? (DIÁLOGO IMAGINARIO). Pero, ¿qué sucedería si fuera posible? No que Bush condonara deudas, sino que se liberara el doping.

–El deporte –dice Arsenio– no tiene sentido si se sabe ex profeso que va a dañar. Y atendiendo a las características del ser humano, sería inconcebible pensar que si alguien puede resolver su vida en unos pocos minutos no acudirá a todos los medios que tiene a mano. Si el ser humano es capaz de arruinarse la vida gratis, por dinero sería capaz de muchas cosas.

Imaginemos a un señor –acaso lector de este diario– inquieto, preguntón, que se sentara frente a Tamburrini para discutirle sobre el doping con los argumentos más comunes con que se intenta enfrentar la despenalización. Para cada uno, el filósofo del deporte tendrá una respuesta, que llega a este diario vía e-mail, y su libro.

LECTOR: –El dopaje es nocivo para los atletas. Su planteo es inaceptable, Tamburrini, discúlpeme que le diga.

TAMBURRINI: –Hay técnicas prohibidas que bien aplicadas no presentan riesgo, como el dopaje sanguíneo que consiste en la extracción, almacenamiento (previa congelación) y reinyección para aumentar los glóbulos rojos. Incluso, el Epo podría ser inofensivo para la salud y continúa prohibido. Muchas de las técnicas actuales de entrenamiento causan lesiones serias. Las cifras de mortalidad de ciertos deportes (por ejemplo, el boxeo) son claramente superiores al número de víctimas fatales del dopaje. Si la mayoría de nosotros aceptamos esos riesgos sin cuestionarlos, ¿por qué levantamos entonces la voz indignados ante los peligros para la salud que origina el dopaje?

L: –Bueno, señor, pero eso afectará a quienes no se dopen, los obligará a doparse.

T: –No veo por qué quien no quisiera doparse estaría compelido a hacerlo. El atleta que no se dope no figurará, probablemente, en los primeros lugares de la competencia. Pero esa situación no es moralmente problemática. En todas las áreas profesionales se acepta que quien haga los mayores sacrificios, se lleve las mayores recompensas. Toda persona adulta e informada debe tener derecho a decidir los riesgos y sacrificios a afrontar.

L: –Todo muy lindo, pero sólo los dopados podrán vivir del deporte.

T: –Hay gran cantidad de dinero invertido en el circuito deportivo profesional, por lo que los no dopados podrán mantener un nivel aceptable de ingresos, aunque no figuren en los primeros puestos. Dado el prejuicio general contra el dopaje, seguirá habiendo aficionados y patrocinadores que apoyarán a los deportistas reticentes a doparse. Si hay demanda por atletas “puros”, habrá también mercado.

L: –¡Va a ser un descontrol! ¡Los deportistas acudirán a todo tipo de sustancias!

T: –¡Si ya lo hacen ahora!

L: –Pero va a ser una lucha desigual...

T: –Al contrario, como alternativa a la prohibición, se podrían adoptar niveles máximos para los hematocritos o el volumen de masa muscular, sin importar la manera en que el deportista lo hubiera conseguido. Además de acabar con la trampa, este sistema permitiría afirmar la equidad genérica en el deporte. Las mujeres podrían revertir la ventaja biológica sobre los hombres. Utilizando distintas sustancias que disminuyan la inmerecida ventaja biológica de ciertos atletas, se crearían condiciones de competencia más justas, además de aumentar la emoción de las contiendas deportivas.

L: –Pero el doping es artificial, mi estimado caballero, entonces se terminaría la pureza del deporte.

T: –No todas las sustancias entran en la categoría de “artificial”. Pero, ¿qué decir entonces del calzado competitivo, especialmente diseñado, o de las pistas de carrera fabricadas con materiales especiales? ¿Eso es pureza?

Ahí, como metiéndose en el debate, aparecerá la voz de D’Angelo.

–Además, hay que decirlo, estos métodos actuales de detección son invasivos: sacar sangre, hacer orinar. Y para determinar el doping genético, habrá que hacer el estudio de la estructura genética del individuo, lo cual va contra el derecho individual a la privacidad. Si yo determino la estructura genética de un deportista, además estoy determinando la estructura genética de toda su familia, que puede tener implicancias muy serias para el seguro social, el trabajo. Y yo estoy dejando esa privacidad para una federación deportiva.

El que le pregunta ahora a Tamburrini es el cronista, de nuevo vía correo electrónico.

–¿Por qué se rechaza abrir este debate?

–El COI lo hace porque pretende conservar el negocio reafirmando el mito del “deporte limpio”. La gente, porque se “traga” ese mito de manera acrítica. Existe una tradición –más bien, una imaginería popular– en el deporte, según la cual el deportista es sano, natural, limpio, etcétera. Eso está muy arraigado y hace que la gente no quiera ver lo que es obvio: el deporte de alta competencia es imposible sin las sustancias mejoradoras del rendimiento, muchas de las cuales están permitidas, como la creatina.

Tamburrini y D’Angelo irán a Tokio en septiembre, donde se realizará el Congreso Mundial de Filosofía del Deporte. Tanto allí como en Barcelona, donde en noviembre concurrirán al Congreso Mundial de Medicina Deportiva, llevarán la postura de que existe una fuerte vinculación entre doping y adicción. No les espera algo sencillo. Más bien, todo lo contrario. D’Angelo ya lo palpita: “Será, más o menos, como discutir la existencia de Dios en el Vaticano”.

Raras raíces afro

Doping deriva de “dop”, término que en el sudeste de África denominaba a una preparación narcotizante que se utilizaba en ritos. Para el COI, el doping “es la administración o el uso por parte del atleta competitivo de cualquier sustancia fisiológica tomada en cantidades anormales o administrada por una vía anormal de entrada al organismo, con la intención de incrementar su performance deportiva”.

RDA: darse con todo como política de Estado

En 1979, a los 14 años, Heidi Krieger comenzó a asistir a la Escuela Deportiva para Niños y Jóvenes de Berlín. Dos años después, empezó a consumir unas pastillas azules que le proveían sus entrenadores. Ella, lanzadora, era parte de un programa de aplicación de esteroides anabolizantes. Las pastillas azules eran Oral Turinabol. A los 18, Heidi pesaba 100 kilos. La voz ronca, su aspecto masculino. Heidi se operó para cambiarse el sexo: hoy se llama Andreas.

“En la ex República Democrática Alemana (RDA) –cuenta Osvaldo Arsenio– hubo miles de casos comprobados de doping y los que accionaron contra el Estado después fueron una minoría. Y los que no sabían también eran una minoría. Esos jóvenes eran conscientes de que esas pastillas los ayudaban a mejorar”. Y agrega: “Por lo tanto, ya en la historia reciente del deporte, hubo Estados que tuvieron una política de doping. La gente no se resistía por temor a la represión sino por temor a perder lo que había obtenido en la competición”.

Los casos de doping en la RDA saltaron por los aires apenas caído el Muro. Brigitte Berendonk, ex campeona de lanzamiento de disco de Alemania Occidental, llegó a bautizar a la ex RDA como República del Doping de Alemania. Fue el “doping de Estado”.
Martes 9 de febrero
Año I | Edición Nº702
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