Culturas / Edición Impresa
Culturas / Edición Impresa

EL LIBRO DEL SÁBADO: ucronías argentinas–javier aguirre, Eduardo Blanco, Fernando Sanchez

Nadie pensó en la posibilidad de que Belgrano fuera daltónico

Hernán Brienza
20.09.2008

Alturas. Desde la azotea de la redacción de la revista Barcelona, los autores imaginaron otras versiones de la historia.

“Con Ucronías argentinas nos cagamos de risa de los historiadores oficiales.” Lacónico, Eduardo Blanco define el libro que acaba de publicar junto con Fernando Sanchez –también presente en la entrevista– y Javier Aguirre, los tres miembros del staff de la revista Barcelona, Ucronías argentinas. Diez historias que pudieron haber cambiado la historia.

El libro es un interesante compendio de ejemplos contra fácticos del tipo “qué hubiera pasado si...” y en sus páginas se puede leer una Evita gorila, un ejército indio victorioso en la Campaña del Desierto, un Gardel sobreviviente convertido en mufa, un cardenal Jorge Bergoglio convertido en el papa Chanta I, un Belgrano que hace una bandera gris porque el día que miró al cielo estaba nublado, un Maradona abucheado porque el árbitro del partido contra Inglaterra le anuló el gol con la mano y un país gobernado por los Montoneros, quienes llegaron al poder en 1973.

–¿Cómo definen exactamente “ucronía”?

Eduardo Blanco: –Ucronía es un género que utiliza mucho la Ciencia Ficción, que el juego consiste en tomar un acontecimiento histórico y modificarlo en cuanto qué habría pasado si... en vez de esta cosa hubiera pasado otra. El más común es qué habría pasado si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial...

–La Argentina, en vez de Brasil, habría ganado el Mundial 94 que se habría jugado en Alemania...

B: –Exacto, es una posibilidad. Es lo que nunca sucedió y ya no va a suceder.

Fernando Sanchez: –Es la utopía del tiempo. El no tiempo. Algo que no ocurrió en el pasado. Es un género bastardo, no está muy extendido ni elogiado.

B: –Lo interesante es que vos podés hacer tu propia historia forzando algunos hechos. La historia, en definitiva, es algo muy parecido a eso, cuando se organizan los Estados, la historia oficial fuerza algunos hechos, recopila otros, para darles una entidad ficticia a los Estados. Un recorte caprichoso basado en hechos ciertos, con una interpretación determinada. Nosotros hacemos lo mismo pero con algunos datos falsos.

–Es jugar a que otras historias son posibles.

B: –Sí, son historias alternativas, ejemplos contrafácticos. Es en contra de los hechos que sucedieron.

S: –Lo interesante es que nosotros contamos la historia tal como fue hasta un hecho determinado, ahí empiezan las modificaciones y el desenlace.

B: –Es lo que ocurre con Evita. Cuando un grupo de militares se reúne con Perón para pedirle que se separe de ella, algo que ocurrió en realidad, Perón, en vez de quedarse con Evita, se separa. Y la misma pasión que puso en defender al gobierno en la historia oficial, la empeñó, en la ucronía, en contra de él, lo que la convirtió en la más fervorosa opositora, la “abanderada de los gorilas”.

–¿Cómo fueron entrelazando los datos entre historia oficial y ucronía?

B: –En el capítulo en que los indígenas toman el poder, los datos reales son la Campaña del Desierto, la Zanja de Alsina, etcétera, pero ganan los indios y son ellos los que terminan negociando con Gran Bretaña el modelo agroexportador, como hizo la oligarquía. Y así sucede con los Montoneros, ellos toman el poder y tomamos los elementos populares: el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel, la Triple A, Ezeiza, con eso armamos una historia muy parecida a la que fue, porque Montoneros no deja de ser un brazo del peronismo y su gobierno tiene mucho de justicialismo.

S: –Utilizamos lugares comunes de la historia, nos valemos de la historia de manual, como que Belgrano se inspiró en los colores del cielo, para decir que un día nublado hizo una bandera gris, y dimos otra posibilidad, la de que Belgrano fuera daltónico.

–¿La ucronía subvierte la historia?

B: –Sí, en parte las ucronías subvierten la historia.

–¿Tuvieron una intencionalidad política al hacerlo?

B: –Más que intencionalidad, es un juego. Estamos parados en un lugar, contamos nuestra perspectiva de la historia, es un juego divertido, pero también tomamos posición.

S: –Es un lugar parecido al sitio desde el que se hace la revista. Un lugar de escepticismo. No nos gusta mucho definirlo, porque en cada número nos paramos en distintas posiciones. Pero siempre nos paramos enfrente del poder y de los discursos únicos que refieren al poder. Y desde allí lo hacemos. Miramos la historia desde Barcelona.

B: –Parodiamos a la historia oficial desde ese lugar.

S: –La ucronía ayuda mucho a llevar la forma Barcelona de mirar la historia

–La ucronía ofrece una impunidad absoluta, ¿no?

S: –Absolutamente, porque es ficción. Por eso no nos pusimos ningún tipo de límite.

–¿Cómo y por qué eligieron los capítulos?

B: –Hicimos un listado tentativo y elegimos personajes muy fuertes, casi míticos. Evita, Luca Prodan, Gardel, Maradona. Y acontecimientos, como la Campaña del Desierto, el tema de los negros, y fuimos viendo cuál nos resultaba más interesante.

S: –Después buscamos un criterio arrevistado: política, espectáculos, deportes, que haya un equilibro temático y cronológico.

–¿Fue difícil trabajar a seis manos?

B: –Tenemos esa gimnasia porque en la revista laburamos en grupo y se discuten las notas de tapa y de secciones, hay siempre mucho debate. Estamos organizados para trabajar de esa manera, cómo armarlo y cuál es la estructura. Nosotros habíamos hecho guiones para Jorge Guinzburg en radio y nuestra fórmula es: uno comienza con un texto, otro le agrega cosas y el último lo corrige. Nos dividimos los capítulos y los trabajamos así.

S: –A mí me resulta muy divertida esa forma, porque el otro te sorprende. No hay cuestiones de vanidad, es como en la revista, que no tiene firmas. Es una cuestión ideológica, no nos gusta el protagonismo de quien escribe. Y nos gusta que no se sepa qué hizo quién.

–¿Es humor exactamente lo que hacen?

B: –Es parodia, ironía, es un tema definirlo exactamente. Somos periodistas, no tenemos vinculación con los humoristas. No nos sentimos humoristas. Parodiamos, usamos el sarcasmo, pero lo sentimos como periodismo alternativo. Cuando jugamos con la historia, lo hacemos de esta manera.

S: –Tiene que ver con la caricatura. Tomamos una característica de un personaje y la llevamos al absurdo.

B: –En Ucronías... nos cagamos de risa de los historiadores oficiales.

S: –Nos metemos con los intocables, y la mirada exageradamente respetuosa de esas personas.

–¿Qué sensación respecto de la historia les dejó escribir el libro?

S: –La sensación de que se trata de un libro optimista. Porque todas las historias alternativas terminan mal, no peor, pero mal, hay como cierto fatalismo en esto de cómo somos los argentinos.

Así escriben

Por qué no se pudo bajar del cielo a Eva con los huesos de Aramburu

Los huesos de Pedro Eugenio Aramburu no alcanzaron para construir la escalera con la que Montoneros había prometido bajar del cielo a Eva Duarte de Perón. La estructura ósea del dictador secuestrado, juzgado por un tribunal popular y ajusticiado por la milicia montonera en la localidad bonaerense de Carlos Tejedor– cuna de, entre otros grandes, el ídolo del arco boquense, Hugo Orlando Gatti–, resultó demasiado frágil y endeble: sus fémures, húmeros, tibias, costillas, astrágalos, apriétales, temporales, vértebras, omóplatos, clavículas, occipital, esternón, palatino, coxis, cúbitos, rótulas, esfenoides, etmoides, metacarpianos, ilión, maxilar, malar, ungis, metatarsianos y peronés, aunque anudados con ideológica firmeza mediante patrióticas sogas de hilo sisal, apenas bastaron para fabricar una sumamente precaria escalera marinera que sólo logró elevarse del piso unos 35 centímetros, que luego se redujeron a 15 por efecto de la osteoporosis del teniente general.

Fue la primera de una larga cadena de promesas incumplidas por un gobierno que había accedido al poder en 1973 luego del renunciamiento histórico de Perón y antes del arrepentimiento histórico de Perón, al calor de los bombos y las bombas, con la ilusión de dar a luz una Argentina peronista, socialista y cristiana, y gracias al apoyo de millones de jóvenes luchadores tan idealistas como bigotudos.

Fue también el inicio del fin de la utopía montonera. Como la osamenta de Aramburu, los huesos amarillentos de otros militares “gorilas” ajusticiados con el único fin de “ reforzar las bases de la máxima escalera justicialista” –entre ellos, los de los ex presidentes Eduardo Lonardi, Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston, Alejandro Agustín Lanusse y el marinero Isaac Francisco Rojas– sólo sirvieron para juntar escombros de calcio y demorar un anuncio que, a poco de iniciado el proyecto, la cúpula de la organización política y militar Montoneros ya sabía que sería imposible de llevar a cabo. Desde su propia enunciación, la idea de construir una escalera al cielo constituyó una tarea irrealizable, un trabajo en vano que involucró a centenares de militantes que mucho sabían de armas, atentados, explosivos, guerrilla foquista y cianuro, pero poco de bioarquitectura y diseño con residuos patógenos o cualquier tipo de materiales reciclados.

Para peor, la mala conservación de los restos del “fusilador del general Valle” –que habían sido guardados durante tres años en las mismas precarias heladeras de telgopor revestidas en hule estampado con mil rostros de Eva Duarte de Perón que habían sido usadas para mantener frescas las bebidas de los niños durante los torneos Evita– no ayudó a la solidez de la construcción.

Por eso no sorprendió a nadie el comunicado oficial de la Junta Revolucionaria que, fechado, el 18 de octubre de 1973, un día después de la clásica celebración del Día de la Lealtad Peronista, daba por cancelada de manera definitiva la “Operación Evita Descendida”. Redactado por el propio ministro de Cultura, Adoctrinamiento y Medios Revolucionarios, el periodista Rodolfo Walsh –quien pronto fue reemplazado en esa función por el más popular y maleable Andrés Percivale–, el texto revelaba la frustración ante la evidencia de lo imposible.

Estos muchachos no se toman todo en joda, como aparentan

Paula Rodríguez

La primera osadía de los autores de Ucronías argentinas es titular un libro de ese modo, en un mercado en el que una “palabra difícil” puede eyectarte de la mesa de novedades. Integrantes del staff de la revista Barcelona, Javier Aguirre, Eduardo Blanco y Fernando Sanchez, llevaron a un libro uno de los recursos humorísticos del quincenario: el juego del “¿Qué hubiera pasado si...?”, que deriva en Diez historias que pudieron haber cambiado la Historia, como anuncia el subtítulo.

La ucronía es una forma de la ficción que se pregunta qué habría pasado si determinados acontecimientos históricos no se hubieran desarrollado del modo conocido. Abundan las ucronías sobre qué hubiera pasado si el nazismo no hubiera sido derrotado –El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, es la más conocida–, sobre la Guerra de Secesión norteamericana, o sobre un posible triunfo republicano en la guerra civil.

Aquí, la ucronía más popular pertenece a la tradición oral: “¿Qué hubiera pasado si hubiéramos dejado pasar a los ingleses?”, se preguntan los taxistas y otros filósofos urbanos, para concluir sin ningún rigor que el destino nacional hubiera sido más parecido al de Australia que al de, por mencionar una posibilidad, Belice, como apuntó Aguirre en la presentación de libro.

Los autores no desarrollaron la historia de la Argentina como colonia británica, pero ofrecen otras perlas: el triunfo de la patria montonera, una victoriosa campaña de los indios contra el huinca, la creación de la bandera en un día nublado, la elección de un Papa argentino, el destino de Evita separada de Perón.

A diferencia de las ucronías clásicas, éstas no describen la utopía o distopía que hubiera resultado si la historia fuera otra. Más bien intentan demostrar, por el absurdo, que las cosas podrían haber tomado otros caminos para llegar al mismo lugar en el que están.
Que el hospital de niños en el Sheraton podría haberse convertido con los años en un gigante burocrático y corrupto, que una Evita desclasada y abanderada de la oligarquía sería capaz de llamar a los pobres con conceptos “racistas y gorilas”, como “descamisados” y “grasitas”.

Lo primero que sucede al leer Ucronías argentinas es la carcajada en el subte, por el chiste (nada) fácil sobre la zanja de Alsina, por la delirante construcción de la escalera al cielo con los huesos de Aramburu. Lo segundo es el sabor amargo que genera esa vocación que tienen los autores por recordarnos que las cosas también podrían salir mal si ganan los buenos. Lo tercero es que no, que no hay que pensar que estos muchachos se toman todo en joda, como aparentan. Detrás de estas ucronías hay una voluntad política, una convicción, una pasión que no siempre tienen los que se toman las cosas “en serio”.
Martes 9 de febrero
Año I | Edición Nº702
Herramientas de Usuario
© 2008 - 2009 Copyright Crítica de la Argentina - Todos los derechos reservados
Registro ISSN: 1851-6378.
Se permite la utilización total o parcial de los artículos sólo citando la fuente.
Maipú 271 - C1084AAN - Ciudad Autónoma de Buenos Aires // Tel. (+5411) 5300-4200
NetLabs   IAB   Datahost