Margarita García
24.03.2008
El viernes Teo se fue de viaje y yo me fui a un bar de moda que muchos conocen pero llaman clandestino. Porque es así: la gente va subrepticiamente por los callejones susurrándote las coordenadas de un lugar híper conocido y hace como si eso fuera de lo más normal. En este bar me encontraría con unos amigos de esos que, si yo fuera porteña, diría que son retop. Pero como no soy más que una inmigrante encandilada con las luces de una ciudad que desde ciertos ángulos puede parecer muy sofisticada, digo que estos amigos son eso que los chicos contemporáneos quieren ser cuando grandes: jóvenes exitosos. Estos amigos eran: un escritor famoso, una cantante extranjera y un celular pegado a un ser visiblemente asexuado que le hablaba bajito. Nos sentamos en un salón al fondo donde fumamos y tomamos y conversamos casi sin oírnos. De lo que se habló recuerdo que la cantante extranjera dijo que una actriz famosa no tenía clítoris. Todos hicimos cara de preguntarnos cómo sabe eso, pero entre la gente retop esas cosas no se preguntan, simplemente se pasan con champaña. Después alguien mencionó la palabra cool y el escritor famoso gritó: “¡Cool soy yo, no la gente que lee a Proust.
¿Saben quiénes leen a Proust? ¡Los frígidos!” Nadie había mencionado a Proust pero a todos les pareció muy relevante su comentario. Así que asentimos y pedimos más champaña. Esa noche todos, salvo yo, pasaban los treinta, tenían zapatillas y estaban despeinados. Quiero decir, era de esa gente que uno ve, analiza de pies a cabeza y puede llegar a pensar legítimamente que se puso de acuerdo para inventar la palabra juventud. Y si yo fuera de esas personas que de tanto en tanto tienen un momento de zarpe, podría encararlos, pararme firme, palmearles la espalda y preguntarles si es verdad: “A ver, ¿sí o no fueron ustedes los que se inventaron la juventud?” Pero ellos jamás me lo revelarían. Me dirían, para parecer más jóvenes, que la juventud es una farsa. Entonces sabría que no fueron ellos los que la inventaron, que fueron otros muy parecidos, que también usaban zapatillas y recorrían bares clandestinos de manera evidentemente subrepticia. Porque la juventud es anacrónica: tanto como las noches de fin de semana en Buenos Aires.