Mito longevo. La última vez que lo vieron los vecinos fue en el 2005. Actualmente mantiene una existencia rutinaria.
Ernesto Sabato Ferrari, hijo de Francisco y Juana, viudo de Matilde Kusminsky, padre de dos hijos, autor de nueve novelas y dieciséis ensayos traducidos a casi todos los idiomas, Premio Cervantes 1984 y también condecorado con el Premio Vecino Ilustre del partido Tres de Febrero 1986, entre tantos otros premios, festeja hoy su cumpleaños número 98. Y no se sabe si el hombre lo festejará. Sucede que a Ernesto Sabato, el eterno, hace mucho que nadie lo ve.
La última noticia que ocurrió en su casa de Santos Lugares fue policial. El 13 de noviembre del 2008 dos quinceañeros se pusieron una máscara y a las cuatro de la mañana entraron a la casa del artista. Robaron 4.300 pesos. Tras treinta minutos de paseo por la casa, los delincuentes nunca vieron al escritor. El caso ameritaba una investigación: ¿Dónde está Ernesto en la actualidad? ¿Vive?
Un reportero del periódico ayer salió rumbo a Santos Lugares para resolver el enigma. Así es que, a primera hora, ese tipo fue visto sentado en un tren rumbo a un experimento. Y apenas bajó interceptó a un transeúnte.
–Busco a Ernesto Sabato, el intelectual.
Roberto Lucero, el transeúnte, transportista de flete apodado Coco, habló directo: “Siempre paseaba. Pero hace tiempo que no”. “¿Cuánto tiempo, Coco?”. “Años”, dijo. Este detective cultural persistió. Encaró a tres lugareños y un dato empezó a configurar la tragedia. Según los vecinos, Ernesto Sabato en 2005 salió a caminar por última vez. Antes paseaba con regularidad. Se ponía un gorro gris y salía con un perro policial atado al brazo. Saludaba a los vecinos brevemente porque el carácter de este héroe literario es hostil.
Como Sabato mezcla sangre italiana y albanesa, es decir, la explosión y lo sombrío, en Santos Lugares muchos lo admiran y también muchos le temen. Su ánimo fluctuante, dicen, se explica también por todas las tragedias que ha sorteado. Sabato no sólo ha tenido conflictos con Dios, soportó, además, un problema en los ojos que le impide leer desde los años setenta y, sobre todo, la muerte de su hijo Jorge y la muerte de Matilde, la mujer de su vida. Por eso, quizás, dejó de pasear. El año 2005, la última vez que esos vecinos lo vieron, Ernesto Sabato se estacionó junto a su perro en la esquina de Lage y Alpacatal y por quince minutos tomó sol. No supieron más. En la puerta. El detective cultural ya estaba frente a la morada de Sabato. La dirección de la casa la entregó el subteniente Velarde, de la Comisaría 3ª de Santos Lugares, quien informó, escueto, que el sujeto Sabato quizás estaba allí. Es Langeri 3135. La casa que es visitada tres veces al día por los fans.
El detective cultural, primero, tocó el timbre y, con fines tácticos, corrió a cobijarse detrás de un auto. Nada. Había que tener cautela. Desde el robo del 2008, Sabato es protegido por dos agentes de seguridad. Pasó un niño. “Nene”, le dijo este investigador, “cinco pesos si te pasás la reja del Premio Cervantes 1984 y mirás por las ventanas”. “Ni en pedo”, dijo. El detective estaba solo. Pero vino la luz. Silvina, una de las asistentes del escritor, apareció a las dos de la tarde con una manguera y una primicia. Al ser asaltada con una libreta confesó la alegre noticia:
–Don Ernesto Sabato está vivo.
–¿Está segura?
–Completamente.
El héroe de 98 años estaba en su cama, reposando la vejez. Acababa de almorzar pollo con puré. Vivía un día normal, rodeado de dos enfermeras que son especialistas en construirle la rutina: la leyenda se despierta antes de las ocho, toma un desayuno frugal y luego ve televisión hasta la hora de almuerzo. Come mucho zapallo. Luego duerme. Al rato se activa y exige que le lean libros por toda la tarde hasta que se duerme. El hombre se apaga a las nueve de la noche.
–Casi siempre pide que le lean libros suyos –dijo Silvina.
Silvina le ha leído muchos fragmentos de Sobre héroes y tumbas, juzgado por Sabato como su mejor libro. También le ha leído fragmentos de La resistencia. Las lecturas las alternan entre todo el staff. Sabato, en la actualidad, apenas se para. Apenas habla. Vive recordándose con nostalgia. Su hijo Mario lo visita a menudo, también sus nietos. Un doctor, según dijo la vecina Nelsa Lemus, a quien Sabato le debe tres mil pesos, lo visita dos veces a la semana cubierto en un traje de obrero para distraer a la prensa. La señora Elvira filtra sus ocupaciones. Y un secretario, Daniel, ordena sus logros.
El detective, tras entregar un chocolate Kid y una carta simbólica dirigida al artista, terminó su misión. Ernesto Sabato, el hombre que compartió con los más grandes del siglo XX, el mito más longevo de la Argentina no cae. El matemático ha excedido todos los cálculos: cumplió 98 años. Y está vivo.