Culturas / Edición Impresa
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murió emilio de la peña

El piano lo llora en silencio

Hasta Café de los Maestros, fue el secreto mejor guardado de los músicos. El gran pianista, de una enorme modestia, falleció el lunes, a los 79 años. 

Marcelo Pavazza
24.06.2009

Puro brillo. Hizo dupla con Manolo Juárez, deslumbró a Tete Montoliu y fue nombrado Personalidad Destacada de la Cultura.

“Yo no soy pianista, pianista es Horacio Salgán”, solía decir Emilio de la Peña. Era su modestia la que hablaba: el gran artista, que falleció el lunes por la tarde a los 79 años debido a una insuficiencia cardíaca, era un ejecutante de excepción, y tuvo oportunidad de demostrarlo. Su aparición en Café de los Maestros, en 2005, en donde “Loca bohemia”, de Francisco De Caro, relucía como pocas veces gracias a su delicada versión, le dio el reconocimiento que merecía. De manera tardía, es cierto: hasta la salida del trabajo producido por Gustavo Santaolalla era un músico para músicos, el secreto mejor guardado de la escena pianística argentina. Además, cuando el proyecto salió a la luz ya era todo un veterano de 75 años que durante casi toda su carrera había alternado su desempeño como pianista con su oficio de tornero y fresador. “Volvía con el overol y me sentaba ocho horas al piano”, contó el año pasado a este diario, en ocasión de la presentación de Café de los Maestros en el teatro Gran Rex. Aquella charla reveló a un hombre sencillo, que luchaba contra la equivocada idea de que sus merecimientos eran escasos. Admirador acérrimo tanto de Salgán como de Bill Evans, De la Peña pensaba que el estudio de la música era imprescindible para tocar pero no para crear. “José Dames, por ejemplo”, decía, “no leía música y fue autor de obras maestras como ‘Tú’, ‘Nada’ y ‘Fuimos’. Tampoco tenía problemas en asegurar que, en su opinión, Iván Lins era mejor pianista que Keith Jarrett.

De la Peña comenzó sus estudios de piano a los 14 años con el maestro Ernesto Minieri. La llamada época de oro del tango estaba en su apogeo, cosa que al joven Emilio no le pasó por el costado. La situación económica de su familia hizo que desde muy joven tuviera que salir a trabajar, algo que no dejaría de hacer hasta 1996, cuando pudo dedicarle tiempo completo a la música. Tenía 66 años.

Sus actuaciones comenzaron a los 15 años, en sitios como el Café Marzzoto o el Bar Nacional. Por aquel entonces, su padre era un músico aficionado que lideraba una orquesta típica. Llegadas a ese punto, todas sus biografías hacen un paréntesis de veinte años, correspondiente a la época en que De la Peña sólo se dedicó a estudiar composición y armonía con Juan Carlos Cirigliano, y a componer tango y folklore. Hasta que en 1980 conoció a Manolo Juárez. “En realidad, el que me vino a ver para ser mi alumno fue su hijo, Carlos”, relató el año pasado Juárez a Crítica de la Argentina; “Emilio lo acompañó, y en un momento me dijo ‘yo también toco el piano’. Bueno, sentate y tocá, le dije. Hizo brrrrom (el gesto de Juárez remeda el recorrido que hace el pulgar por todo el teclado cubriendo las siete octavas) y no lo pude creer”. Desde ese momento, Juárez fue su profesor de armonía. “Un día, como deber, me mandó a componer una zamba”, recordaba De la Peña, “A la que le terminó poniendo letra Hamlet Lima Quintana”. Allí empezó una dupla compositiva y artística con el poeta que constó de 25 temas y un espectáculo realizado en conjunto, Debajo del asfalto, que los llevó a recorrer distintos escenarios. En 1987 conoció en Buenos Aires al legendario pianista catalán Tete Montoliu, y éste quedó tan deslumbrado con su talento que lo visitó en su casa de La Paternal y luego lo invitó a pasar un tiempo en España, donde lo impulsó y dio a conocer. Más tarde llegó su primer disco, Tango New Expression, y luego los álbumes Así de simple (en dúo de pianos junto a Oscar Alem), Virgilio está de gira y Este tango es otra historia, este último en trío con Matías González y Juan Carlos Varela.

Fue docente, autor de “Réquiem para los que viven” o “La vieja ausencia”, brilló en el Teatro Colón con Café de los Maestros, y en noviembre pasado tuvo su merecida velada de reconocimiento en el teatro Roma de Avellaneda. Su última aparición en público fue el 18 de mayo pasado, cuando fue distinguido por la Legislatura porteña como Personalidad Destacada de la Cultura.
Martes 9 de febrero
Año I | Edición Nº702
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