Leonardo M. D’Espósito
03.07.2009
Road movie. El film de Raffo muestra sin subrayados ni lecciones de moral.
El motivo que lleva a alguien a ver un documental –género siempre difícil y marginal– es un poco más complejo que el que lo lleva a ver una ficción. En ambos casos se trata de contemplar algo extraordinario, algo fuera de la experiencia cotidiana. Pero en el caso del documental suele jugar con más fuerza, además, cierta búsqueda didáctica: como si el film debiera enseñarnos algo sí o sí.
A tal punto funciona ese prejuicio que la mayoría de los documentales de hoy están construidos –desgraciadamente– para darle la razón. No es el caso de Return to Bolivia, una película que excede el comentario aleccionador o la necesidad de llevarse a casa un discurso único o una enseñanza sin ambigüedades para jugar con la idea de registrar lo extraordinario. Ahí el primer mérito de la película; el segundo es que, a través de sus protagonistas, encuentra puntos de contacto con el espectador. Primero encontramos en qué difieren de nosotros y luego, emociones mediante, en qué se nos asemejan. Y todo esto sin que alguien nos obligue a hacerlo, por pura observación.
El film cuenta el viaje de una pareja boliviana que atiende una verdulería en Buenos Aires hacia su país en busca de parientes, y también del pasado. En ese viaje están el reencuentro, las dificultades, el reconocimiento de las diferencias entre una vida urbana y un pasado rural. Nada de lo que vemos aparece subrayado ni comentado, todo está registrado de modo mínimo, capturando cada gesto. La naturaleza, los pequeños pueblos y los rostros aparecen con toda su realidad y su potencia: el espectador puede perderse con placer en ellos. Los rituales familiares permiten además un grado enorme de empatía, lo cual –otra vez, sin subrayar– genera esa idea de igualdad (absolutamente democrática) que las malas películas –y los pésimos documentales– suelen enrostrarle al espectador generando lo contrario.
Return to Bolivia, con su humor asordinado y su observación respetuosa, traza un itinerario agridulce con el arma noble del cine.