Pesadilla. Para Oliverio Coelho la repetición es lo peor que le puede ocurrir. Sus cuentos difieren notablemente de sus novelas.
Tenía que haber un largo pasillo. Para entrar a la casa de Oliverio Coelho tenía que haber un largo pasillo. El espacio es antiguo, sin la asepsia de los departamentos modernos. Recuerda, en cierto sentido, a esos universos internos que se gestan en las habitaciones que pueblan los cuentos de Parte doméstico (Emecé), su último libro. Sin embargo, su casa no aprisiona. Habitada por jarrones de porcelana china, una vitrina con figuras aborígenes y muchos libros, atrae.
En la firma del autor chocan dos nombres de fuerza simbólica: la literatura de masas de Paulo Coelho y la de vanguardia de Oliverio Girondo. Pero su firma le vino desde la cuna. Justamente de identidades, de búsquedas y obsesiones es que se forman los nueve cuentos de su libro, escritos durante los últimos diez años, entre los respiros que le daban sus novelas: Los invertebrables, Borneo, Promesas naturales y, la más reciente, Ida.
–¿Qué escribís con más placer, los cuentos o las novelas?
–Según las épocas. Los cuentos de Parte doméstico los fui escribiendo entre novelas. Esos momentos eran mucho más placenteros. Quizá porque no tengo la moral cuentista, entonces no sufro esa serie de restricciones argumentales que obligan hacer un cuento tratando de que la intriga se centre en el final y se resuelva a la manera arltiana, con un golpe de knock out. Simplemente trato de captar atmósferas y tratar con la subjetividad del personaje. Algo que también me propongo en las novelas y que en los cuentos puedo ensayar mejor.
–¿Te preocupa repetirte?
–La posibilidad de repetirse, como el amor, está a la vuelta de la esquina. Es una pesadilla para un escritor. De hecho, hace unos años terminé la trilogía y podría haber seguido escribiendo en esa línea, onírica, surrealista, non sense, pero el sentido de escribir en ese momento para mí estuvo en pasar a algo totalmente distinto. No cambiar mi prosa, pero sí tratar de formular otro universo y esquivar las trampas a las que estaba acostumbrado. Ése fue el desafío y a lo mejor en los cuentos esa evolución puede percibirse. Son una biografía estética.
–En “La muerte del crítico”, un escritor atropella, justamente, a un crítico literario. ¿Escribirlo fue una especie de venganza?
–No. Fue una ocurrencia que tuve en Corea, en la residencia de escritores. Surgió a partir de una anécdota de un escritor indio que vivía conmigo y tenía muchos problemas con algunos críticos. Empezamos a ironizar sobre la posible eliminación de los críticos que lo perseguían como una plaga. El cuento gira alrededor del crítico como peste y del deseo ferviente de algunos escritores de eliminarlos de alguna manera.
–¿La residencia en Corea durante 2007 provocó cambios en tu literatura?
–Me enfrentó a la dificultad de escribir. De hecho, escribí solamente dos cuentos: “La muerte del crítico” y “Sun-Woo”, y el principio de “El don”, que era una especie de diario y en el libro terminó reformulado. Había en ese aislamiento y en esa desolación algo extrañamente terapéutico. Parecía que estaba ahí para curarme o purgar mi identidad. Veía que esa residencia para escritores era una residencia para enfermos. Me di cuenta en ese momento cuánto sufre un escritor. Todos los escritores que estábamos ahí éramos casos de algún modo. Pero casos extremos.
–¿Cuáles serían esos casos extremos?
–Estaban muy intoxicados por sus propias ambiciones y por todo lo incumplido que había en esas ambiciones, todas las promesas incumplidas. Creo que de algún modo se le exige a un escritor algo que no puede dar.
–¿La gran obra que nunca llega?
–Creo que sí. Probablemente muchos de estos escritores trabajaban bajo esa presión: la gran obra que nunca llega, o la fama, o el éxito, o los premios. Creo que un escritor justamente no tiene que responder a esas exigencias, porque son exigencias comunitarias, que tienen un valor intrínseco dentro de la endogamia intelectual, pero no son valores humanos. Entonces, si estábamos ahí, aislados de nuestros círculos literarios, todos nosotros buscábamos humanizarnos.
–En la contratapa de tu último libro se lee que tus personajes son hombres maltratados por el lado femenino del mundo, ¿estás de acuerdo?
–Creo que lo que los debilita es la relación con lo femenino. Y en ese punto todos los hombres cedemos algo. Esa relación pone al hombre en desventaja. Queda como fuera de foco. No es el lado femenino, sino la imposibilidad o la incapacidad de estos personajes de amar. En el fondo, son personajes atormentados por fantasmas amorosos y por la cuenta regresiva. Todos van hacia la muerte; eso es lo que los acorrala, una pregunta: ¿y si la vida terminara sin esa experiencia?
Coelho habla con pausa, piensa cada palabra, y vuelve sobre la idea de una originalidad literaria: “Me parece que el escritor más singular y único es Roberto Arlt. Onetti también es singular, y a veces llega a parodiar su singularidad, pero porque vivió mucho tiempo y escribió mucho. Creo que no se pueden escribir más de cuatro o cinco novelas tan genuinas. Tarde o temprano, uno empieza a repetirse”.