Leonardo M. D’Espósito
24.09.2009
Fabio Zerpa tiene razón. Hay marcianos entre la gente. No sé qué quieren ni de dónde son. Ni qué hacen aquí en la Tierra.
Todos los años nos encontramos con películas que resultan fenómenos impensados. Su magnitud a veces es prueba de su calidad; en otras, de su oportunidad. Sector 9 cae en el segundo pelotón y su peso en el panorama cinematográfico actual tiene más que ver con la “coyuntura” que con su peso como cine.
El film narra, en un futuro no lejano y antiutópico, la historia de unos extraterrestres que, por pura y maldita casualidad, terminan anclados sobre el cielo de Sudáfrica. En referencia (demasiado) transparente al apartheid, estos seres que pueden describirse como insectos humanoides terminan discriminados por la sociedad. El “Sector 9” del título es el lugar donde viven, ni más ni menos, una villa miseria. Ahora bien: la nave en la que han llegado tiene una tecnología que los fabricantes de armas quieren conocer para su propio beneficio. La historia se concentra en un burócrata que llega a un puesto de responsabilidad en el trato con los aliens, producto de un casamiento afortunado y no de su capacidad. Es un burgués lleno de lugares comunes, pero un accidente lo va colocando poco a poco en el lugar de los extraterrestres y en la llave para descubrir y manejar esa tecnología. Allí, el film deja de ser una especie de sátira no cómica (u ocasionalmente cómica) de nuestro mundo para transformarse en un film de acción más o menos rutinario.
Es decir: toda la “novedad” se concentra en que, en lugar de pintar un suceso social “real”, lo extrapola al campo de la ciencia ficción. Pero, desgraciadamente, el realizador Neil Blomkamp no hace más que trabajar con lugares comunes: la discriminación racial y económica, el poder de las grandes corporaciones, la muerte como negocio. Y, luego, la persecución al héroe y la protección del desvalido. Lo que, en cierto sentido, hace que el uso de lo fantástico pierda toda potencia y se vuelva sólo un alarde tecnológico. El realizador se pierde un gran tema: cómo un mundo articulado sobre el interés material ha quitado lustre a lo extraordinario y la maravilla. Si el tono del film mantuviera –o hiciera más ostensible– el costado de sátira disparatada con el que amaga al principio (especialmente en los trazos cómicos que se le adosan a Wikus), esta idea latente pero aniquilada quedaría presente “por el absurdo”. Pero no es así: el film es realmente solemne y se toma en serio lo que no debe.
Técnicamente, además, Sector 9 se acerca a otros films recientes como Cloverfield-Monstruo, donde –también– lo fantástico era aplastado hasta la dimensión de lo cotidiano por el uso de (falsas) cámaras testigo. Aquí hay retazos de televisión, de documental urgente, de registro inmediato. Esa “televisación” de la historia destruye su misterio y su fuerza universal. Si la saga original de El planeta de los simios (otra antiutopía con fuerte apelación a la discriminación racial) mantiene su fuerza es porque hay algo inasible y universal en su épica extraña. Esa épica aquí ha sido desterrada a favor del testimonio. Aunque, en este caso, habría resultado más valiente documentar los restos de segregación en una sociedad como la sudafricana. Con sus pobres bichos, Sector 9 permite la tranquilidad del espectador: después de todo, esos extraterrestres no existen.