Tilde en mano. Estudiante de Economía, Rodrigo asegura que lo que hace son “intervenciones artísticas”.
Es jueves en la ciudad de La Plata y Rodrigo Maidana, como todas las mañanas, se despide de su padre y luego sale de su casa con un acento en la mano. Rodrigo, un fundamentalista de la ortografía, lleva en su mano un acento de papel, de diez centímetros, que pegará sobre algún cartel de la vía pública que haya omitido las reglas de acentuación. En esta oportunidad ha decidido fiscalizar los carteles de la avenida 7 y, dice, está preparado para este combate. Domina perfectamente las leyes gramaticales, materia en la cual ha sido asesorado por sus pares y por su guía cerebral: la Real Academia Española.
–De chico me inculcaron el respeto por la ortografía –dice Rodrigo, 18 años, estudiante de Economía, mientras enfila rumbo a su intervención artística acompañado de un fotógrafo y un periodista.
El 13 de julio Rodrigo debutó como corrector de carteles callejeros. Ese día Estudiantes de la Plata había alcanzado la gloria y la ciudad se vio invadida de gritos y carteles. Rodrigo recuerda que en un momento vio un cartel que decía: “¡Bienvenidos campeones de America!”. Esa noche impuso su primer acento esdrújulo y América pudo dormir acentuada. Desde entonces la misión no ha tenido pausas. La iniciativa, en todo caso, fue idea del español Pablo Zulaica Parra, un publicista que vive en México. Zulaica Parra, alarmado tras notar que los acentos están en peligro de extinción, el 23 de junio fundó Acentos Perdidos. Es un movimiento que pretende hacer un inventario de los carteles incorrectos y ya tiene nueve sucursales por el planeta. Rodrigo, únicamente él, representa la sucursal argentina. En este país, Rodrigo Maidana es el superhéroe de la ortografía.
A las doce y cuarto la comitiva de tres correctores se detiene en una esquina y topa con un local: “Optica Septima”. Rodrigo eleva sus tildes a contraluz y superpone dos acentos esdrújulos en el ventanal. Es rápidamente fotografiado.
–Se nos agotarán los papeles, Rodrigo –advierte el reportero.
–Tranquilo –dice el héroe–. En la mochila tengo setenta acentos.
–¿Todos esdrújulos?
–No, también tengo agudos. Graves me quedan menos.
Unos pasos más allá chocan con un Servicio Tecnico que necesita una reparación esdrújula. Luego se voltean y la comitiva se ve acorralada por una Cerrajeria sin hiato. Por allá destaca el local que vende comida y que hace flamear en la entrada una ignorancia: “Elaboracion a la vista”. Al rato, tras pegar acentos en todas las esquinas, el reportero siente un vacío profundo en torno a la actividad y pregunta por los objetivos de todo esto. El superhéroe de la ortografía responde con énfasis: “Escribir bien te posiciona como ser humano”.
–¿Es para tanto?
–Sí. La manera en que uno escribe delata la personalidad.
La comitiva, de pronto, se enfrenta a una serie de carteles en mayúsculas. “Hay que acentuarlas”, admite, serio, Rodrigo. En este punto tiene respaldo oficial: “Todas las palabras en mayúsculas deben respetar las normas de ortografía”, dicta la Academia de Letras Argentinas. Esta disputa tuvo solución, pero hubo otra que apareció. Tiempo atrás el publicista chileno Cristián Leporati lanzó un grito de guerra: “El acento molesta en un aviso publicitario”. En Argentina los publicistas se dividieron. Un publicista en las sombras confesó que el lenguaje y sus leyes son un lío para la publicidad. Y otro, Jorge Castrillón, gerente general de la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad, lo contradijo: “De ninguna manera hay que sacar los acentos en los avisos publicitarios”. Consultado al respecto, el superhéroe argentino no se extiende: “Las reglas están para cumplirlas. Quizá los publicistas no saben las reglas”.
Ignorando cualquier disputa, la comitiva continúa parchando errores y entonces Rodrigo tiene un pensamiento socialista de la ortografía: “No es lo mismo reparar el acento de un taller mecánico que el de una gran empresa”. La comitiva, entonces, se enfrenta a su mayor desafío: va a recuperar una palabra no acentuada de la empresa Claro. Un cartel de esa empresa alertaba de un “centro de atencion al cliente”. Rodrigo teme. Él es un policía de los acentos, armado con setenta tildes en la mochila, que puede ser detenido por un policía armado de verdad. Al final, Claro recibe su acento. El reportero, a estas alturas, se ha vuelto un obsesivo con los letreros. “Allá”, advierte, y muestra una Confiteria. Y luego pasan por un local religioso en que falla hasta la Virgen Maria. Luego pasan por el edificio en que vive la Brujita Verón, un hombre enfático con tilde en la “o”, y tocan la bocina, porque la comitiva se subió a un auto, y gritan: “¡Viva el acento de Verón!”. Y se declaran todos ellos profundamente veronistas.
–¿Qué siente por las esdrújulas? –se le pregunta a Rodrigo.
–Me gustan. Pero no tengo preferencia por ningún acento.
–¿Cree que los acentos cambiarán el mundo?
–No sé. Pero sí sé que con acentos será un mundo mejor.