El país / Edición Impresa
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opinión

Cristina, Lilita, Susana y las lágrimas

Norma Morandini*
09.06.2008
¿Hay algo más perturbador que las lágrimas? Y no hablemos del llanto, ese torrente de emoción que desnuda el dolor y, sobre todo, el más poderoso de los amores: el amor propio herido. ¿Será por eso que los hombres, educados para el orgullo, no lloran y las lágrimas culturalmente son un patrimonio exclusivo de las mujeres?

Hay madres que siguen educando a los varones como la sultana Aixa a su hijo Boabdil, el último rey de Granada, quien cuando se rindió ante los reyes católicos y perdió al-Andalus, el paraíso de los árabes, escuchó de su madre esta amonestación: “No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

San Agustín dijo: “Las lágrimas son la sangre del alma”. Y, en estos tiempos de simulación, donde nada es lo que parece y las técnicas del mercadeo han hecho hasta de las lágrimas un objeto, cómo no perturbarse frente a esas almas que se nos muestran como heridas. Y todo este rodeo para confesar mi perturbación ante nuestras mujeres líderes que en estos tiempos de angustia colectiva han mostrado sus lágrimas ante las cámaras. La Presidenta, a la que vimos emocionada frente a los compatriotas exiliados en Roma. Lilita Carrió en su recorrido por los piquetes de los chacareros.

No deja de resultar aleccionador que en la misma semana, Susana Giménez haya confesado que no llora nunca, ni aunque le pase un colectivo encima. Tal vez porque la mujer que hizo de la espontaneidad un rasgo de verdad reina sin culpas, y por eso con alegría, en el espacio público, tradicionalmente de los varones.

Como las lágrimas nos enseñan sobre una verdad personal, no se trata de poner en duda las lágrimas de nuestras dirigentes mujeres. Podemos, en cambio, indagar la simbología escondida de esa expresión, ya que se trata de las dos mujeres más expuestas y por eso sometidas al ojo público, el de la maledicencia o la adulación, una tan dañina como la otra.

Es probable que cuando lloramos, en realidad, lloramos por nosotros mismos. Y vale reconocer a las lágrimas como impotencia, como bien los advirtió otra mujer, la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou: “Ninguna lágrima rescata nunca el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece”. Los argentinos ya tenemos varios mundos perdidos y las ilusiones se desvanecen con nada nueva frustración.

Si la incorporación de las mujeres al mundo del poder significa también la feminización de ese mundo tan absolutamente masculino, no debería perturbarnos que nuestras mujeres líderes muestren sus lágrimas sino que desde tal expresión de verdad se pueda extender la mano al otro, como si en las lágrimas pudiéramos reconocernos como iguales, aunque se llore por razones diferentes. ¿Alguien puede imaginar a nuestra Presidenta abrazada a la principal líder de la oposición? ¿Podemos imaginar siquiera lo que es normalidad en el mundo democrático desarrollado, que esas dos mujeres ya no se abracen al llanto sino que se den la mano? Ya esa incapacidad para imaginar lo que vemos como imposible demuestra de manera brutal, por verdadera, el grado de desencuentro de los argentinos.

Este país patriarcal hizo de la guerra una lógica política y sigue insistiendo sobre lo que ha sido nuestro fracaso: la división, el puerto versus el país de puertas adentro, los rojos y los negros, sin que podamos reconocernos en el otro como un igual. Ese defender a la Patria a los gritos, pero pedir muerte para los compatriotas. Y sobre todo, que la incorporación de las mujeres al mundo del poder no haya significado, hasta ahora, una humanización de ese poder y las mujeres sigamos estando donde nos puso el Patriarca: la cama o el llanto.

* Periodista, diputada nacional.
Martes 9 de febrero
Año I | Edición Nº702
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