El país
El país

CONTRATAPA

Puerto Montt

Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía con un long play. Un día llegó con un disco simple: una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, era 1969, la revolución estalló en casa. Osvaldo Bazán.

Por Osvaldo Bazán
09.12.2008
Dejar un comentario

Papá nunca me llevó al fútbol. Papá no iba a la cancha, no veía fútbol por televisión, en realidad despreciaba el negocio del fútbol con una intensidad que también tenía para otros asuntos. Papá quería que escucháramos música, que leyéramos libros, que nos interesaran los diarios. Nos quería curiosos aunque después no lo soportó. Y un día recitó Bécquer, golondrinas y eso, y dijo: “¿Ven?, eso es poesía. Tienen que saber poesía y matemática”.

Me transmitió la voluntad de la literatura aunque no recuerdo jamás haberlo visto leer un libro. Me dio las ganas por la música pero nunca fue un exquisito en materia musical. Hubo un tiempo en que envidiaba a Fito Páez; el padre le hizo escuchar a Tom Jobim o a Frank Sinatra. Ahora que murió hace mucho, ya estoy reconciliado con papá, apasionado por Los Wawancó, el Quinteto Pirincho y Lafayette, un tecladista brasileño, maestro del órgano Hammond que versionaba los grandes éxitos de la época y –me enteré mucho después– fue casi el fundador del sonido de la Joven Guardia brasileña y músico de la banda de Roberto Carlos.

Papá, allá en el largo atardecer del pueblo santafesino, tenía un orgullo simple y concreto: el combinado podía soportar siete long plays juntos. Iban cayendo de a uno y a él le gustaba decir que podía escuchar dos horas de música sin levantarse de la silla para cambiar el disco. Y entonces, Wawancó, Quinteto Pirincho, Lafayette, sin interrupciones, sólo mirando de reojo cada vez que el pick up se levantaba y dejaba caer, pesado y con ruido inconfundible, el próximo disco.

Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía al pueblo con un long play. Un día llegó con un disco simple. Raro, no compraba discos simples. Pero se había entusiasmado con una canción que había escuchado por la radio. Una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, la escuchó en el viaje de ida y entró a una disquería y la pidió. Era 1969. Fue una revolución en casa.

Ya no había dos horas de long plays. Era la canción una y otra vez, una y otra vez, y el pick up volvía y volvía.

La canción hablaba de un lugar rarísimo: Puerto Montt. La historia era la historia más triste del mundo.

“Sentado frente al mar/ mil besos yo le di/ después le dije adiós/ todo termina aquí/ y ella me dijo así:/ ‘Abrázame y verás/ que el mundo es de los dos/ salgamos a correr/ busquemos el ayer/ que nos hizo feliz’./ Puerto Montt/ me alejé de ti/ sin saber por qué/ y yo la dejé/ sola frente al mar/ bajo el cielo azul/ de Puerto Montt.”

Puerto Montt fue para mí, un niño campesino con voluntad para la maravilla, el lugar en donde se rompían los amores. El mar por antonomasia.

La segunda parte de la canción, a mis seis años, directamente se reveló como sublime: “Mil violines en su voz/ susurraron un adiós/ y un amor que se quedó/ perdido frente al mar/ y el viento lo llevó/ Silencio sin piedad/ encontraré al volver/ mas en la soledad/ su voz me gritará:/ ‘¡No, no, te vayas de mí!’”.

Me parecía el colmo de la poesía. ¿Cómo a alguien se le había ocurrido que podían sonar mil violines en una voz, en el mismo momento? ¿Y qué pasa cuando suenan mil violines juntos?

–Papi ¿Puerto Montt no existe, no?
–Sí, creo que queda en Chile –me dijo y fue a buscar un mapa. Estaba contento. Quería que nos interesáramos, mi hermano y yo, por las cosas que la vida tenía para ofrecer. Buscar juntos una ciudad en un mapa era para papá el mejor plan para hacer con sus hijos.

–Acá, acá abajo está Puerto Montt. Debe de hacer frío ahí. Eran los años en los que papá sabía todo.

Eduardo Franco escribió la canción sin haber estado jamás en Puerto Montt. Pero ese paraje de desolación absoluta, de conciencia de que el fin es evidente y cercano, de que más allá no hay nada y el resto es viento cabe entero en la canción. Lo supe hace unos días, cuando llegué a la ciudad llevando en el auto, casi como un chiste, el CD de Los Iracundos. Puerto Montt es fría, azul y final. La enorme sorpresa fue comprobar que sentados frente al mar, los protagonistas de la historia continúan abrazados. Él no tiene nada para decir y en el rostro de ella estallan los mil violines. El resto, otra vez, es viento. Una enorme estatua de concreto de más de cinco metros de alto, conocida localmente como “Los monos feos” o “Los mazapanes” (el mazapán es la golosina típica de la región) mira hacia la bahía violentamente azul, oscuramente azul, atravesando para siempre el momento del dolor. Impresiona el tamaño del sufrimiento. Sabés que en minutos más ella quedará irremediablemente sola rodeada de azul y él se irá y ni sabrá por qué. Sin vuelta atrás. Sabés que no hay cómo encontrar el ayer que te hizo feliz. Sólo silencio sin piedad.

La canción fue presentada por Los Iracundos en el Festival de la Canción de Buenos Aires en 1969. Salió segunda. Cuarenta años después nadie recuerda “Como somos” de Piero, que cantada por Fedra y Maximiliano ganó el primer premio. Papá siempre dijo que aquella elección había sido una injusticia. Hoy sé que tenía razón.

Espacio de los lectores

IMPORTANTE: Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pausibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del REGLAMENTO será eliminado e inhabilitado para volver a comentar.

mirta 57 años  | 

Nostalgia de adolescencia me trajo tu nota. De mini short, botas y chalecos largos. Esa nostalgia que pone una mariposa en tu pecho, algo asi como parecido al amor. Gracias por potenciar mi recuerdo. Un abraso.

Ray 25 años  | 

Escucho a las iracundos desde que tenia 2 años , ya que en mi familia todos eran fana del grupo , coinsidencialmente la canción que menos me gustaba era puerto monnt , pero paso algo curioso , el sábado (27 de dic) los iracundos se presentaron en mi ciudad (milagro – ecuador ) y me di cuenta lo linda que es esta música , tanto fue que luego de la presentación del grupo me fui a un karaoke y la cante 2 veces mas con la misma emoción que suelo cantar el resto de canciones

madre 37 años  | 

buscar una ciudad en un mapa con un hijo de 6 años es realmente un buen programa. Lo que los padres "habilitan" en los hijos muchas veces es a su propio pesar. Por eso en el fondo nada tiene que ver con nada. Te recita Becker pero el hijo lee Ginsberg. Pero lo lee porque le enseñaron que la poesía existe. Confusiones, vanidades, no importa. Esta buena la nota. Siempre escribe Osvaldo sobre el espectaculo porteño, esta estuvo muy buena, otro perfil. Un beso.

Julia 33 años  | 

Osvaldo: me encantó tu nota, es una alegría para mi decirte que fue mi padre quien compuso ese tema. Tu relato y los comentarios debajo evidencian la importancia de las cosas simples. Enaltecen la sencillez, generalmente menospreciada. Desde ese lugar tambien se pueden despertar sentimientos, curiosidad y mucho mas.. Gracias! Saludos

N. 34 años  | 

Es extraño. Desde hace dos semanas que vengo escuchando Puerto Montt una y otra vez despues de haber visto una pelicula de Mario Montalvano que la tiene en sus titulos finales. Curioso.

1 2 3 4 5
© 2008 - 2010 Copyright Crítica de la Argentina - Todos los derechos reservados
Registro ISSN: 1851-6378.
Se permite la utilización total o parcial de los artículos sólo citando la fuente.
Maipú 271 - C1084AAN - Ciudad Autónoma de Buenos Aires // Tel. (+5411) 5300-4200
         
NetLabs   IAB   Datahost