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Vi ShowMatch, como algunos millones más de personas. Y explicar por qué me parece tan malo merece un par de aclaraciones previas.
Quiero ser cuidadoso, porque es inevitable que mi opinión se cuestione como mero prejuicio, típica versión de intelectuales elitistas que no comprenden “los gustos de la gente”. Pero mi juicio no se produce desde un presunto “deber ser” culto, que le reclama a la televisión que se transforme en vanguardia estética o a la música popular que respete los cánones eruditos. No: es posible –es imprescindible– hacer crítica de la cultura de masas desde sus propios estándares, desde sus propias pautas. La cultura de masas tiene también reglas estéticas, variadas y complejas –se trate de música popular, de ficción televisiva o cinematográfica, de radio, de noticieros, de documentales–. Juzgarla desde otro lugar no es elitismo: es un grosero error teórico.
Pero eso no significa ceder al chantaje de la “popularidad”: el argumento de que “a la gente le gusta” no es un argumento, sino un renuncio crítico. Explicar el éxito de los programas de Tinelli no puede implicar abandonarse a los cantos de sirena de un populismo simplón. Exige desmenuzarlos estética y formalmente: cosa que pocos hacen. Es significativo que la mayoría de las coberturas haya coincidido en elogiar su despliegue, su producción, su exuberancia y, muy especialmente, su rating, pero que casi nadie se haya detenido en juicios un poco más analíticos. Por ejemplo: que es aburrido, redundante, previsible y muy pero muy conservador –y no estoy hablando de política, sino de estética televisiva–.
Vi los dos primeros programas: no asistí a las danzas infantiles, que reservo para otro momento. Ambos tuvieron la discutible virtud de dormirme, cosa rara para un programa tan histérico y gritón. Afortunadamente, la infinita gentileza de Canal 13, que vive repitiendo el programa a lo largo y lo ancho de su programación, me permitió ver lo perdido. Y por eso insisto: el principio que ordena el show es la redundancia. Todo ocurre dos veces –y también tres–. Nada pasa en el programa sin que Tinelli lo cuente antes a los gritos –o que la barra de amigos lo subraye fuera de campo–. Lo más notorio fue el tratamiento de la famosa apertura-parodia de Lost: debimos soportar largas peroratas previas que nos anunciaban lo increíble de lo que íbamos a ver, el despliegue, la superproducción. Hasta, para colmo, pasar un fragmento de Lost antes de la apertura tinelliana propiamente dicha. Y eso es una grosería: si vas a hacer una parodia, no se puede poner primero el texto parodiado. Eso viola cualquier norma, culta o popular: si no se confía en que el público reponga por las suyas el texto que se va a parodiar –o citar u homenajear o parafrasear o lo que sea–, la parodia pierde todo sentido. Es como imaginar a Los Simpson –viejos cultores de la parodia televisiva– pasando fragmentos de Citizen Kane de Orson Welles antes de su “Citizen Burns”. Tinelli entiende que su público es idiota: entonces, le explica todo antes.
Juicios similares merece la coreografía de apertura. Yo no entiendo de danza –los que saben son Lafauci, Casán, Alfano o Sofovich, como es público y notorio– pero hace rato que las coreografías parecen consistir en un montón de gente haciendo gimnasia y corriendo de aquí para allá. Supongo que tiene que ver con la figura del coach: si en vez de coreógrafos se usan coaches, es como tener a Bilardo dirigiendo el Ballet Estable del Colón. Lo cierto es que el despliegue de 4.567 bailarines en escena no es un mérito en sí mismo: todo era para rodear a Hernán Piquín, que baila de veras, pero le tocó hacerlo con la Archimó, que baila de mentira –y por eso pifió como pifió–. Respecto del otro evento central de las primeras noches, la sitcom con Francella también fue muy pobre. Primero, porque llamarla sitcom es una tilinguería: como mucho, fue un cuadro de comedia. Segundo, porque Tinelli actuando es un mamarracho. Y, tercero, porque Francella es otro invento: tiene un repertorio de cinco caras –sorpresa, picardía, complicidad, calentura y decepción– que va rotando según la situación, acompañado del verso socarrón, machista y porteñocéntrico que ya debería habernos saturado. Quiero decir: ya sé que no es Billy Cristal o Bill Murray, pero tampoco es Olmedo.
El espacio no me da para ocuparme también de lo obvio: que a los 15 segundos se había dicho “mierda” por primera vez, por ejemplo, y que a partir de allí las groserías se acumularon sin tino; o que el “humor” tinelliano consiste, como siempre, en el gaste, la guasada, la homofobia; o que el machismo es tan descomunal que se vuelve parte del paisaje. Sí quiero asegurar que soy optimista: que tenemos derecho a una cultura de masas mejor, que puede existir, que debe existir. Pero que no es ésta. El show de Tinelli consiste en la exhibición de misoginias machistas y mediocres, sin demasiadas ideas, lideradas por un tipo que nos grita durante dos horas. Y que nos falta decididamente el respeto, a nosotros, a “la gente”. l
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Me parace un EXCELENTE comentario. Estoy de acuerdo con esto en TODOS los apectos
Productos basados en la ignorancia los hay en todos los rubros. Si la gente fuera menos ignorante tendria mejor poder de decision. Aunque a veces pienso q la gente elige ser ignorante por ser mucho mas facil... Por mi parte elijo no verlo.
Gracias por esto...Extrañaba las "alabarceadas"... Ah, por otro lado, cualquiera que exijan el mail para dejar un comentario... Saludos amigos
Che, tu materia es lo más: de las más interesantes de la carrera.
Me encantó el análisis del producto Show Match. Coincido por completo con tus observaciones y me alegra que alguien sea capaz de publicar una reflexión como esta.